No en vano dicen que Paris es la ciudad del amor. Estuve solo cinco dias allá, a fines de Febrero, y aun viajando soltera, con una amiga y sin el tiempo ni la suerte necesarias para un romance fugaz, aún así, lo comprobé. Paris es una ciudad para recorrer de la mano de alguien. Paris de noche es un sueño. Las callecitas angostas del Barrio Latino, la Torre Eiffel iluminada, las parejitas bohemias y elegantes riendo a la orilla del Sena. Paris es una ciudad para estar en pareja, pero hasta la solteria en Paris se le antoja a una melancólica y hasta deseable. A traves de los ojos de una turista primeriza, todo en Paris parece romantico. Yo me enamore de Paris toda, hasta del subte ruidoso, concurrido y un poco sucio hasta Montmatre, hasta de los franceses maleducados y el ascensor angosto e incomodo del hotel.
Pero, porque yo soy asi y no podia ser de otra manera, me enamore de y en este rinconcito de Paris, justo frente a la celebre Catedral de Notre Dame:

Shakespeare & co. es la libreria en inglés más célebre de Paris, y un oasis para los pobres desafortunados (como yo, como mi amiga Flor) que intentan sobrevivir en la ciudad con un léxico de menos de veinte palabras en francés. Una vez adentro una se olvida de la inclemente humedad y el frio a orillas del rio, y se ve envuelta en la calidez que solo puede dar un negocio algo anticuado pero acojedor, con las pareces llenas de libros literalmente del piso al techo, sillones con más libros a sus pies que algun cliente olvido y – mejor aun – gente que habla un idioma que una conoce, menos mal, aunque no sea el propio despues de dias de un francés melodioso pero inentendible el idioma inglés parece la mismisima música de los dioses.
En esta felicidad de libros y palabras conocidas me perdi, y me olvide de todo: de mi amiga, de la hora, de que los precios estaban en euros, de que mi valija ya casi no cerraba, y me entretuve recorriendo las estanterias, de una punta a la otra del local. En un pasillito angosto, junto a la escalera (con un cartelito en inglés y francés aclarando que si, los libros apilados en los escalones tambien estan a la venta) estaban los libros de música. Revolviendo di con la biografia de Ian Curtis, cantante de Joy Division, escrita por su esposa. Estaba leyendo la contratapa cuando una mano desconocida pone frente a mis ojos un libro viejo, de esos de tapa dura y olor a humedad, y una voz con un simpatico acento Londinense me dice:
“¿No es hermoso?”
Levanto la vista, y en el pasillo de al lado, subido a una escalera, reordenando la sección de teatro inglés, me encuentro con un chico de unos veintipocos, rubiecito, de ojos claros, y una sonrisa que me dejo, lo admito, un poco estupida.
Me hablaba, por supuesto, de una copia de A Midsummer Night’s Dream de los años 40 que habia encontrado en el fondo de un estante mientras limpiaba. Le dije, un poco torpemente (pero agradecida porque tantos años de inglés, finalmente, no me habian fallado) que efectivamente era hermoso (el libro, no él, aunque de hecho él también era hermoso, y afortunadamente los pronombres del inglés permiten cierta ambiguedad) y nos quedamos charlando: de lo lindas que son las ediciones viejas, de como Shakespeare se disfruta leyendolo en voz alta (y haciendo las voces), de como la biografia de Curtis que tenia en la mano era deprimente, pero no tanto como la pelicula hermosisima (Control) que habia inspirado… y estoy bastante segura, que si no nos hubiera interrumpido la otra chica que atendia, yo a este chico le compraba la biografia, el libro de Shakespeare, y basicamente el negocio entero (y, ya que estabamos, un cafe en el Starbucks camino a mi hotel. en fin).
Pero el chico volvio de mala gana a su trabajo, apurado por su compañera y yo no tenia excusa para quedarme ahi haciendo tiempo. Sintiendome un poco tonta, un poco adolescente, fui a la caja y pague (a mi amiga Maira le digo: ¡mira la historia de romance frustrado que acompaña la edición de A Room of One’s Own que te traje!). Que habrá sido del vendedor, no sé. Si mi vida fuera una comedia romantica, esta entrada tendria un desenlace más emocionante. Pero hasta una anecdota insignificante tiene otra magia a orillas del Sena.
La culpa, en resumen, la tiene Paris.